Una novela no comienza necesariamente cuando escribimos la primera frase.
Beatriz Álvarez Díez · Antesala Ediciones

A veces una historia empieza simplemente recorriendo una calle.
Nacho Gómez
Hay una parte de la escritura de la que se habla poco: todo lo que sucede antes de sentarse a escribir. Se tiende a pensar, erróneamente, que uno abre el portátil y las ideas emanan desde su cabeza hasta las manos que teclean, sin filtro alguno.
Una novela no comienza necesariamente cuando escribimos la primera frase. Siempre empieza mucho antes: al observar a alguien en un café; cuando recorres una calle; al rebuscar en un cajón y toparte con una fotografía antigua; leyendo una noticia o escuchando una conversación. Los escritores somos buceadores en el alma propia y ladrones de vidas ajenas. Siempre al acecho.
Ese territorio previo a la escritura es tan necesario como la escritura en sí misma.
La primera novela que escribí “El regreso de las lluvias” tuvo su origen en una serie de tormentas que anunciaban el final del verano en la costa valenciana. Debido al clima, mis amigos y yo nos vimos recluidos en nuestra casa, con tardes eternas viendo descargar la lluvia contra los cristales. En ese contexto, alguien sugirió que podía escribir una historia en la que los personajes nos emulasen a nosotros mismos. Lo que empezó entre risas y sugerencias variopintas, se convirtió en una novela de casi quinientas páginas.

El regreso de las lluvias nació mucho antes de su primera página. · Nacho Gómez
Porque la literatura está ahí fuera. Nos rodea; nos incomoda o incluso nos interpela. Solo hay que saber mirar.
MIRAR NARRATIVAMENTE
Pero no se trata únicamente de observar. Un escritor debe mirar narrativamente, porque esa imagen, esa captura en la retina, habrá de verterse sobre un folio en blanco y traducirse en palabras que nos permitan atravesar el tiempo y atravesar el alma de quienes la lean. Una persona corriente ve una puerta cerrada; quien está construyendo una historia se pregunta quién vive detrás.

Una puerta deja de ser únicamente una puerta cuando empezamos a preguntarnos qué hay detrás. · Nacho Gómez
Desde niña, cuando caminaba por las calles de Madrid con mi madre, iba siempre mirando los edificios que escoltaban nuestros paseos. Me llamaban poderosamente la atención aquellos balcones, abiertos a la calle, desde los cuales podías atisbar fragmentos de las vidas de sus habitantes. Más tarde, durante el paseo, iba pensando en quién sería aquella mujer que se cepillaba el pelo frente a un espejo o aquel hombre que fumaba un cigarro apoyado en la barandilla de hierro forjado de su balcón. Una sola imagen evocaba en mi cabeza toda una historia que me acompañaba incluso mucho tiempo después de haber regresado a casa.

Madrid: ventanas, balcones y vidas que apenas alcanzamos a entrever. · Nacho Gómez
TAMBIÉN ESTO ES ESCRIBIR
De hecho, pasear, leer, viajar, investigar, visitar un museo, revolver en tus cajones o tener una conversación, también es escribir. A veces, incluso, son las historias las que nos encuentran a nosotros. Una pregunta sencilla puede abrirnos todo un mundo: “¿quién será esa anciana que merienda cada día sola en una cafetería de su misma calle?”.
Pasear. Leer. Viajar. Investigar. Mirar. Conversar.
Antes de cada historia existe un espacio indefinido, a medio camino entre nuestros anhelos y la realidad, en el cual todavía no existe una novela. Pero la novela ya ha empezado.
ESE ESPACIO ES LA ANTESALA.
Beatriz Álvarez Díez
Antesala Ediciones
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