En la novela negra, descubrir quién cometió el crimen puede ser solo el comienzo.
Beatriz Álvarez Díez · Antesala Ediciones

¿Por qué nos atrae la novela negra? Quizá porque el crimen es solo el principio. Una vez me preguntaron cómo era hablar con un asesino y yo contesté: “Los asesinos son personas normales”. Y es cierto: cualquiera puede convertirse en un asesino. La diferencia estaría en la motivación y el contexto. En realidad, en las novelas negras, el crimen no es la verdadera trama, es solo la excusa. Detrás de esa primera puerta, abrupta y grotesca, empiezan a aparecer las cuestiones que sustentan la historia y a sus personajes: ambición, celos, dinero, corrupción, culpa, miedo… Es decir, nosotros.
¿Por qué nos atrae la novela negra? Si te detienes a pensarlo, hay pocas cosas más inquietantes que un asesinato. Y, sin embargo, millones de personas escogen voluntariamente sumergirse en uno antes de irse a dormir. ¿Por qué buscamos en la ficción aquello de lo que huiríamos en la realidad? Creo que la respuesta está precisamente ahí: lo que nos atrae no es la muerte en sí misma, sino la motivación que ha llevado a provocarla.
Lo que nos atrae no es la muerte en sí misma, sino la motivación que ha llevado a provocarla.
La trama de una novela negra provoca al lector porque rompe con el orden aparente de las cosas: una familia respetable deja de serlo; una ciudad tranquila muestra otra cara; un matrimonio estable y perfecto resulta no ser tal.
El crimen nos obliga a mirar aquello que, aunque forme parte de nuestra realidad, no queremos ver. A nuestro alrededor convivimos con asesinos, ladrones, estafadores, agresores de todo tipo y condición.
Nuestro vecino, ese que nos saluda amablemente cada mañana, perfectamente puede ser un maltratador en el interior de su domicilio. El mal acecha en cada esquina, aunque no lo percibamos. Y eso resulta inquietante.
La novela negra es un vehículo que nos permite explorar el comportamiento humano.
Podría decirse que se produce una especie de traslado de interrogantes: desde el inicial “¿quién lo hizo?” al posterior “¿por qué ocurrió?”. El modelo clásico de la novela negra es plantear un enigma inicial (un robo, un asesinato), varios sospechosos y retar al lector a descubrir quién es el culpable. Pero la novela negra puede ir mucho más allá: podemos saber desde el inicio quién ha sido el responsable y continuar leyendo. ¿Por qué?
Ahí está una de las claves de por qué nos atrae la novela negra: no solo queremos saber quién lo hizo, sino comprender por qué ocurrió. ¿Por qué actuó de ese modo? ¿Qué hará ahora el personaje? ¿Quién está dispuesto a encubrirlo? ¿Qué podría justificar su modo de actuar?
POR QUÉ NOS ATRAE LA NOVELA NEGRA:
DEL «¿QUIÉN LO HIZO?»
AL «¿POR QUÉ OCURRIÓ?»
Es lo que sucede en la maravillosa novela El nombre de la rosa. El lector acompaña al investigador (el fraile franciscano Guillermo de Baskerville) a través de su tortuosa investigación para dar caza a un asesino múltiple. Pero lo realmente interesante es la motivación del asesino: por qué mató a esas personas. El escritor te permite conocer al asesino, entender sus razones (equivocadas o no, son las suyas) y saber cómo ese personaje justifica sus actos en nombre de un bien superior.

La novela negra no solo busca al culpable. Intenta comprender qué le llevó hasta allí.
El alma humana es muy compleja. Intentar encasillar a las personas en buenas o malas resulta una tarea banal y absurda. Un crimen forma parte de todo un universo. Ese personaje pertenece a una clase social, ha tenido una infancia, se ha criado en un entorno y ha desarrollado temores, anhelos y frustraciones. Todo eso ha conformado su personalidad.
Para comprender a un personaje, no basta con juzgarle únicamente por un acto.
La novela nos permite contemplar todo su mundo e, incluso, llegar a empatizar con su dolor. Otra razón que explica por qué nos atrae la novela negra es su capacidad para retratar la sociedad en la que ocurre el crimen.
Y voy más allá: ¿y si ese mismo crimen hubiese ocurrido hace cien años? ¿cambiaría ese dato nuestra percepción de la historia?
Al final, un crimen retrata a una sociedad. Un asesinato ficticio ocurrido en 1850 puede permitirnos hablar de cuestiones que exceden del delito en sí mismo: pobreza, condiciones laborales, situación de la mujer, moral, religión…
La finalidad es la misma: conocer al culpable y castigar el delito. Pero han cambiado mucho los métodos de la investigación, las técnicas forenses y el propio desarrollo del procedimiento judicial y las leyes aplicables. Todo ello configura un mundo propio en el que ha nacido y crecido el personaje y no debemos olvidarlo cuando decidamos sumergirnos en su vida de ficción.
UN CRIMEN TAMBIÉN
RETRATA A UNA SOCIEDAD
Llegados a este punto, cuando el lector ya conoce la identidad del personaje que le ha tenido en vilo durante cientos de páginas, llega la inevitable pregunta:
¿Verdad y justicia son equiparables?
La respuesta daría para escribir todo un manifiesto. El resumen sería el siguiente: no siempre. El delito puede objetivarse; la motivación, no. Pensemos en un caso real que se dio en España hace unos años en Canals (Valencia), en el año 2006. Un conocido empresario es asaltado en su vivienda por un grupo organizado de atracadores los cuales redujeron y ataron al empresario y a su esposa, obligándole a abrir las cajas fuertes. Cuando dos de los asaltantes lo llevaron al dormitorio, con el fin de acceder a otra caja fuerte, el empresario logró hacerse con una pistola que guardaba allí y se enfrentó a los atracadores, uno de los cuales le atacó con un arma blanca, disparando el empresario contra él. Finalmente, murieron dos asaltantes. El empresario fue detenido e imputado por estos hechos hasta que, finalmente, la Audiencia Provincial de Valencia lo absolvió en 2010, al apreciar que había actuado en legítima defensa.
En este caso, al apreciarse esa eximente, el empresario no fue condenado a prisión por las dos muertes acontecidas, pero ¿y si la Audiencia no lo hubiese visto de esa forma y le hubiese condenado por dos homicidios? ¿Sería justa esa decisión? Un hecho de esta trascendencia siempre nos enfrenta a nuestros propios principios, temores y convicciones. Por eso “engancha” la novela negra, porque nos obliga a posicionarnos, a ver al personaje en su entorno, a sentir su miedo, sus dudas, su odio.
Quizá ahí esté, finalmente, la respuesta a por qué nos atrae la novela negra: nos obliga a juzgar, comprender y tomar partido.
Tal vez por eso seguimos abriendo novelas en las que nos encontramos con un cadáver.
EL MUERTO ES FICTICIO,
PERO SOSPECHAMOS QUE
TODO LO DEMÁS
PUEDE NO SERLO.
© 2026 Beatriz Álvarez Díez · Antesala Ediciones

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