Fuimos a Santander siguiendo las huellas de tres escritores. Encontramos algo más interesante: una amistad capaz de sobrevivir al tiempo, a las ideas y a las diferencias.
Una mañana nos dirigimos dispuestos a recorrer una ruta literaria por Santander. Nos llamaban la atención las vidas de tres magníficos escritores que tenían un punto en común —la ciudad— y muchas diferencias.
Como atmósfera imprescindible, Santander nos recibió con uno de esos días en los que el sol parece empeñado en retirar las nubes, aunque solo lo consiga durante breves momentos. Al final terminó despidiéndonos con una tormenta torrencial que obligó a buscar refugio hasta al más osado de los turistas.

Nos habíamos documentado previamente sobre los tres escritores alrededor de los cuales íbamos a construir nuestra ruta: José María de Pereda, Benito Pérez Galdós y Marcelino Menéndez Pelayo.
Buscamos el rastro que dejaron en la ciudad y visitamos las estatuas erigidas en su recuerdo. Paseamos por Puertochico, por las zonas más elegantes del centro, por El Sardinero… y comprobamos cómo la magnífica Biblioteca de Menéndez Pelayo continúa cerrada por unas obras cuya historia burocrática, confesamos, no tuvimos ni tiempo ni ánimo de investigar.
Sin embargo, buscando una ruta encontramos algo mucho más interesante.
Una historia de amistad que atravesó los años y que fue capaz de sobrevivir a las diferencias de edad, ideología y pensamiento.
¿Puede una amistad sobrevivir cuando quienes la comparten no ven el mundo de la misma manera?
El Santander que encontró Galdós
Nos ponemos en situación. Imagina el Santander de 1871.
La ciudad se transformaba de una villa marinera en una importante ciudad mercantil en expansión, donde buena parte de los negocios giraban alrededor del puerto. El comercio había contribuido al nacimiento de una nueva burguesía.
A este escenario llegó Benito Pérez Galdós. Venía de Madrid y se encontró con una ciudad de contrastes: la nueva burguesía y los comerciantes enriquecidos convivían con una realidad mucho menos amable, la de aquellos niños que se lanzaban a las aguas del puerto por unas monedas y a los que Santander terminaría recordando como los Raqueros.
«Imagen de la vida es la Novela»

Los «baños de ola» se habían popularizado tras las visitas de Isabel II. El Sardinero comenzaba a convertirse en lugar de veraneo y, apenas un año después de aquella primera visita de Galdós, Amadeo de Saboya y su esposa contribuirían a consolidarlo como destino de las clases acomodadas.
Mientras el puerto trabajaba, los pudientes aprendían a veranear.
Galdós llegó a Santander siguiendo un libro
Galdós no había llegado allí por casualidad. Había leído a Pereda, especialmente Escenas montañesas y Tipos y paisajes, y quiso conocer la tierra que había encontrado en sus páginas.
Sin pretenderlo, ciento cincuenta y cinco años después estábamos repitiendo el mismo gesto.
Galdós había llegado a Santander siguiendo una lectura. Nosotros habíamos llegado siguiendo las huellas de aquellos escritores.
Galdós conoció a Pereda en una fonda santanderina. Pereda tenía diez años más que Galdós y los separaban dos maneras muy distintas de entender algunas de las cuestiones que terminarían marcando sus vidas y sus obras.

Pereda era tradicionalista, conservador y profundamente católico. Galdós, de pensamiento liberal, evolucionaría hacia posiciones cada vez más alejadas de las de su amigo.
No parecía el comienzo más sencillo para una amistad destinada a durar décadas.
Y, sin embargo, siguieron conversando.
Se leyeron, se escribieron, discutieron sobre literatura, política y religión y compartieron viajes y largas conversaciones. Las diferencias no desaparecieron. Tampoco parece que ninguno de los dos tuviera especial interés en renunciar a ellas.
Quizá precisamente ahí empiece la parte de esta historia que más nos interesó.
Porque unos años después entraría en escena un tercer personaje.
Y con él, la diferencia de edad sería todavía mayor.
Tres escritores de generaciones diferentes
Marcelino Menéndez Pelayo tenía apenas quince años cuando Galdós llegó por primera vez a Santander.
¿Puede existir amistad entre personas que no pertenecen siquiera a la misma generación?
Pereda había nacido en 1833; Galdós, en 1843; Menéndez Pelayo, en 1856.
Cuando Galdós llegó por primera vez a Santander tenía veintiocho años, Pereda se acercaba a los cuarenta y Menéndez Pelayo era apenas un adolescente. Difícilmente podían encontrarse los tres en el mismo momento vital.
Y, sin embargo, terminaron siendo amigos.
Compartieron conversaciones, tertulias y encuentros. Con el paso de los años, uno de los escenarios de aquellas relaciones sería San Quintín, la casa que Galdós mandó construir en Santander y en la que pasaría muchos de sus veranos.
Nosotros también fuimos a buscarla.
No la encontramos.
Quizá tuvo algo que ver el cansancio acumulado después de varias horas recorriendo la ciudad y, sin duda, ayudó poco la tormenta, que para entonces había dejado de amenazar y descargaba ya con toda su fuerza sobre Santander.
Pero la edad no era la mayor de las diferencias que existían entre aquellos tres hombres.
También los separaban sus ideas políticas y religiosas.
Amigos a pesar de sus ideas
Pereda y Menéndez Pelayo, pese a los veintitrés años que los separaban, compartían origen cántabro y unas profundas convicciones católicas y conservadoras. Menéndez Pelayo describía a Pereda como «el gran pintor de costumbres rústicas y marineras». Galdós, nacido en Las Palmas de Gran Canaria y formado personal y literariamente en el Madrid de la segunda mitad del XIX, se situaba ideológicamente mucho más lejos de ellos.
Aquellas diferencias no quedaron al margen de su amistad.
Formaron parte de ella.
Discutieron sobre política, religión y literatura sin que ninguno pareciera dispuesto a renunciar a sus convicciones.
Las diferencias no eran superficiales. En la correspondencia entre Pereda y Galdós discutieron seriamente sobre fe, catolicismo y religión.
En una carta de junio de 1877, Galdós llegó a confesar a Pereda que carecía de fe y que, pese a haber intentado encontrarla, no lo había conseguido. Pereda trataba de llevar a su amigo hacia sus propias convicciones religiosas.
Al terminar algunas de aquellas discusiones, Galdós escribió a Pereda:
«A pesar de mi anticatolicismo y de mi rebeldía, no me retire usted su amistad».
Lo extraordinario es que Pereda parecía sentir algo parecido desde el otro lado. Reconocería las enormes diferencias políticas y religiosas que existían entre ambos y, sin embargo, consideraba que su amistad se había estrechado con los años.
No necesitaban dejar de discrepar para seguir siendo amigos.
Menéndez Pelayo entra en la historia

Pero si sorprendente es la amistad de Pereda y Galdós, la amistad de este último con Menéndez Pelayo merece un punto y aparte.
Con el paso de los años, el republicanismo de Galdós lo situaría políticamente muy lejos del conservadurismo de Menéndez Pelayo.
Cuando Galdós ingresó en la Real Academia Española, en 1897, fue precisamente Marcelino Menéndez Pelayo quien respondió a su discurso de ingreso.
No esquivó sus diferencias.
Ante la propia Academia recordó que hacía más de veintitrés años que habían estrechado su relación y reconoció la:
que existía entre ambos en cuestiones esenciales.
Y, pese a todo, allí seguían.

¿Puede la amistad sobrevivir al tiempo?
¿Puede una amistad sobrevivir cuando quienes la comparten no ven el mundo de la misma manera?
Pereda, Galdós y Menéndez Pelayo parecen haber respondido que sí.
Quizá porque entendieron algo que resulta fácil olvidar: para conservar una amistad no siempre es necesario estar de acuerdo.
A veces basta con no dejar de hablar.
Mientras recorríamos Santander era difícil no pensar en otra historia.
En cinco amigos que, bajo otro cielo cargado de lluvia, hicieron un pacto convencidos de que su amistad sería capaz de sobrevivir al tiempo.
Ellos también tendrían que descubrir si era posible.
Esa es la pregunta que recorre El regreso de las lluvias, la novela de Beatriz Álvarez.
Afuera, mientras tanto, Santander parecía empeñado en cerrar el círculo. La amenaza que nos había acompañado durante todo el día terminó convirtiéndose en una tormenta desatada.
Dejamos atrás la ciudad bajo la lluvia.
Y regresamos a casa para escribir estas líneas.
Ignacio Gómez Martín
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