Crear personajes a partir de personas reales

En toda historia que escribimos se cuela, de una forma u otra, algún fragmento de nuestra propia vida. Una persona, un lugar, un sentimiento, una convicción… Y quizá por eso crear personajes consiste, muchas veces, en aprender a mirar de otra manera a quienes nos rodean.

A veces, es una manera de rendir homenaje a nuestros propios recuerdos; otras, puede ser una forma sutil de vengarnos de alguien, encarnándolo en un personaje desagradable o malvado. Ser escritor supone exprimir parte de tu alma impregnar con ella las letras, solo así el texto se puede tocar y sentir. No se puede escribir siendo cauto.

Pero no siempre nos inspira una persona “completa”. A menudo lo que enciende la chispa de la creación es una mirada de la que no podemos apartarnos; un gesto peculiar o una manía de alguien cercano. El escritor siempre está observando y va almacenando fragmentos de la realidad que le rodea. Recuerdo que, en una ocasión, escuché una voz que se grabó en mi cabeza de modo inmediato. Era la de un compañero de trabajo a quien apenas conocía. Cuando le escuché hablar, él estaba a mi espalda y no podía verlo pero, aquella voz irradiaba una paz insólita y su cadencia logró arrebatarme la concentración.

En otra ocasión, observé a una mujer que siempre vestía igual: falda larga negra y camiseta o blusa del mismo color. Día tras día, mes tras mes, el gusto cromático de su vestuario no cambió. Tampoco lo hicieron las prendas elegidas, nunca la vi vestida con pantalones, ni de otro color. ¿Por qué? ¿Es simplemente una preferencia por el color negro o hay algo más detrás de esa peculiar elección de vestimenta? Observamos y seleccionamos. Elegimos un rasgo, un gesto, un tono de voz o un color de cabello para nuestro personaje. Nos apropiamos de esos retazos de una persona real para otorgar textura a nuestra invención.

Crear personajes es transformar la realidad. Hay que tener en cuenta que, en una novela, nuestro personaje exige vivir un conflicto, entrar en contradicción, cuestiones que quizá la persona real no necesita. Ahí empieza esa inevitable separación entre la persona real que nos ha inspirado y el personaje que estamos creando.

En no pocas ocasiones, nuestro personaje es una mezcla de muchas cosas: un recuerdo propio; una conversación ajena; un modo de caminar observado. La construcción de personajes es, de hecho, uno de los elementos esenciales de la creación literaria.

Quien entra en una historia, no es la persona real tal y como la conocimos y deberá adaptarse a su mundo ficticio. Y para lograr ese pequeño milagro se necesita elegir, transformar, mezclar e inventar hasta que la persona que inspiró al personaje deja de pertenecer por completo a la realidad y empieza a obedecer únicamente a las reglas de la ficción. El lector tiende a pensar que existe una persona exactamente igual a nuestro personaje en la cual nos hemos inspirado, pero eso, rara vez ocurre. Normalmente, nos apropiamos de fragmentos de distintas personas. Ello contribuye a que, cuando lees un libro, ese personaje te parezca real.

Llega un momento durante la escritura en que ya no pensamos «¿qué haría esta persona?», sino «¿qué haría mi personaje?». En ese justo momento, se independiza de la realidad para sumergirse de lleno en su propia historia. Del mismo modo, cuando ese personaje obtiene una personalidad tangible, creíble para el lector, esa cualidad indispensable condiciona sus actos y, por tanto, nuestras decisiones como escritores.

Escribir se convierte, así, en un trueque entre realidad y ficción. Un proceso que empieza mucho antes de sentarnos ante la página en blanco, como ya contábamos en El tiempo antes de escribir.

De modo que, cuando leas un relato y preguntes: «¿quién inspiró este personaje?» no te sorprendas si el escritor te responde que no tiene ni idea.


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